El patriarcado de Constantino, vivo y activo hoy en Estambul

Nota 3  15/04/12

                                                                                      María Suárez Toro, Escribana

El primer viaje turístico de hoy nos aterrizó en la Turquía del Constantino el Grande y las miserias de sus seguidores hoy día.

Nighat, una amiga pakistaní que también viene al Diálogo sobre la Seguridad Digital aprovechamos para ir a Gran Bazar de Estambul, también conocido como el de “las Especies” y a la Mezquita Azul, ambas una al lado de la otra en el centro de la ciudad vieja  del lado europeo del estrecho de que hablé antes.

Nighat es una joven de 30 años, abogada, de cultura musulmana en su país. Está impactada de ver en las calles a las mujeres jóvenes caminando junto a sus novios. “En mi país solo las parejas casadas pueden caminar juntas en la calle. En la universidad donde estudié derecho hay gangas de fanáticos que se encargan de hostigar a los muchachos que se nos acerquen. En mis años de estudio nunca me relacioné en público con ninguno. De por sí no me interesaban, mis amigas eran todas mujeres. Hoy día soy una madre soltera y vivo con mi familia extendida que me apoya.”

Entramos al Bazar. Tiene más de 50 calles y miles de miles de pequeñas tiendas de especies, joyería, cristal, ropa y alfombras de las que llamamos “persas” en América Latina. Están llenas de gente. Es domingo.

Entre tanta tiendita, en la primera que entramos nos encontramos el primer heredero de Constantino. La escogí porque me llamó la atención que en la entrada tenía un gran letrero en español anunciando las maravillas que tiene la tienda y dejando saber que allí se hablaba castellano.

“Tino” me recibe hablando perfecto español, como era de suponerse. Inmediatamente me llevó para la parte de atrás de la tienda, amable como él solo y me enseñó una especie de dulce, entre muchos que se exhibían en los escaparates. “Toma mama, un viagra turco bien potente. Son cinco polvos.”  Y casi me lo mete en la boca. Me indigné tanto que le dije que yo ni tenía marido ni quería el viagra para nada. “Pues yo me lo como y vemos qué podemos hacer.” Y procede a echárselo a la boca.

¡Qué furia! Nighat, que ni sabe español, no me conoce mucho, se da cuenta que estoy enojada, como lo sabe cualquier amiga que me conoce. Se acerca pero es muy tarde.

“Pues mire, so ca… ahora mire a ver qué hace con sus cinco polvos, porque conmigo no se va a echar ni uno.” Y luego de verle la cara me recuerdo que probablemente solo en algunos países de la región se le llama “polvo” a un orgasmo. A lo que se refería es que el afrodisiaco estaba compuesto de cinco distintas especies.

Pero bueno, la agresión estaba hecha de todos modos, con o sin los cinco polvos. Un amigo de él que estaba en la tienda me dijo que no descuidara a Nighat, que ya sabía que yo me defendía sola. Ese fue muy amable, por lo cual te dije que a mi hacía años nadie me echaba los caballos pero cómo defenderme no se me había olvidado.

No les compré nada y nos fuimos de la tienda. La pasamos bien., paseándonos por las callecitas del Bazar, viendo y aprendiendo. Compré una pulsera para mí y una para mi amiga. “Para deshacerse del mal de ojo”, me había explicado Nighat acerca de las piedras que tiene un ojo.

“Toma chica, para alejar el mal de ojo de estos machos. Que te ayude esta pulsera a ponerle tu propia fuerza, porque veo que estos Tinos son tan feroces que nada se le puede dejar a la mano de la suerte o de los dioses o de las creencias.”

Ella me repitió que se sentía libre, totalmente libre porque en su país las mujeres no pueden andar así de sueltas. Y es que fuera de la Mezquita Azul o del Sultán Ahmed ellas se pasean solas con sus hijos o acompañadas de la mano con sus maridos. Comenta que ve muchos hombres cuidando de los niños mientras las mujeres hablan y compran en el Bazar o rezan en la Mezquita.

“¿Ves?  – me dice señalando a los hombres que se lavan los pies y las manos para entrar – ellos son los que se lavan porque las mujeres ni siquiera pueden pasar a la parte de la Mezquita en la que se reza de verdad – se quedan afuera, pero aquí veo que ellas entran hasta cierta parte por lo menos.”

El lugar es tan imponentemente majestuoso que se me olvida por un gran rato el mal rato que acabamos de pasar.

Está localizada en el lugar en el que estuvo el Gran Palacio de Constantinopla frente a la Catedral de Santa Sofía, la antigua basílica del cristianismo ortodoxo entre el año 360 hasta 1453, que luego fue convertida en mezquita  y ahora en un museo en la ciudad desde 1935.

La Azul, construida inaugurada en 1617, tiene seis imponentes torres, vitrales caleidoscópicos con el paso de la luz de la tarde, los mosaicos azules que predominan en las paredes, el mármol blanco y los candelabros que parecen colgar de un cielo pintado de arte bizantino y de tantas culturas.

Claro que los lugares están demarcados adentro también. El lugar central está vedado para turistas, pero también para las mujeres.

A los alrededores de la mezquita la vida trascurre vital. Miles de palomas viven en las paredes, lo que atrae a las mujeres, las niñas y los niños a darles de comer.

El regreso al hotel no fue menos conflictivo que en Bazar. Nighat agarra un taxi y este le da un precio dos veces más alto que el que pagamos por llegar allí unas horas antes. Ella regatea pero el hombre no cede.

Otro taxista se acerca y nos dice que nos lleva por una tarifa fija que sea la misma que pagamos por llegar allí. Yo me subo adelante y Nighat atrás. El precio es de 25 liras turcas.

“Mama, dame 25 y te doy este billete de 50.”
“No, ella es la que paga este pues yo pagué la venida.”

Nighat no entiende. Ella tiene los 25 pero el taxista no le acepta. Se empieza a enojar el tipo, diciéndole que no quiere pequeños billetes y además le dice que ella le ha ensuciado el taxi con unas cascaras de castañas.

“Bueno – digo yo en mi escaso tono conciliador – toma los cincuenta y dame tus veinticinco.”

En dos segundos esconde mi billete, saca uno de cinco y me dice que le he dado uno de cinco y que tengo los veinticinco de él.

“¿Ah, no!”  le respondo en español, a sabiendas que por mi enojo entiende. Se volvió loco es escalaba y escalaba en su locura para crear una cortina de humo y dejarse el dinero.

Nighat se asustó y me pidió que nos bajáramos de taxi, que estábamos en peligro. Lo hice por ella sin antes arrebatarle la plata de la mano.

Llegamos al hotel seguras, en otro taxi con un taxista que amable que nos cobró lo justo.

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